La esposa fantasma

Una vez, vivían juntos un hombre y su esposa. Tenían un niño. La mujer murió, y el hombre se hallaba muy triste y se lamentaba de la pérdida de su mujer.

Una noche, el hombre tomó en brazos a su hijo y salió del pueblo, dirigiéndose hacia el lugar donde se efectuó la cremación de su esposa. Allí, se sentó en la tierra y siguió lamentándose por la muerte de su mujer. El niño, completamente desamparado, lloraba entre tanto. El corazón del hombre enfermó por la soledad y el dolor.

Aquella misma noche, hacia la madrugada, se despertó. Estaba soñoliento, débil, agotado y lleno de dolor. Al poco tiempo de haberse despertado, se dio cuenta de que junto a él había un a forma. La figura estaba acostada donde la mujer había muerto: era su misma mujer. Le habló así a su marido:

—Veo que eres muy desdichado aquí. Hay, sin embargo, un lugar donde no te sentirás tan desgraciado. Donde yo te digo , no te sucederá nada malo, mientras que aquí nunca sabes qué desgracia puede ocurrirte. Tú y el niño estaréis mejor si venís conmigo.

El hombre le dijo que no quería morir:

—No; será mejor que tú vengas con nosotros. Nosotros te queremos mucho. ¡Si tú quieres venir con nosotros, dejaríamos de ser desgraciados!

Durante mucho rato estuvieron discutiendo acerca de quién debía ir con quién. Finalmente, el hombre fue más persuasivo y convenció a la mujer, y ella consintió en volver con ellos.

La mujer le dijo a su marido:

—Si yo regreso con vosotros, tú deberás hacer exactamente lo que yo te diga , durante cuatro noches. Durante los primeros cuatro días, una cortina debe de estar caída en el sitio donde yo duerma: nadie debe descorrerla ni mirar detrás de ella.

El hombre hizo lo que su mujer le dijo, y al cabo de cuatro días levantó la cortina y la mujer apareció tras ella. Después todo el mundo pudo verla. El hombre y su hijo se pusieron muy contentos y vivieron muy felices.

Pasado mucho tiempo, el hombre tomó una nueva esposa. La primera mujer siempre estaba contenta, pues tenía muy buen carácter, pero la joven tenía mal genio, y al poco tiempo empezó a reñir con la primera mujer. Un día en que la joven estaba muy enfadada, llenó de insultos a la mujer más vieja, y finalmente le dijo:

—Tú no debes estar aquí, aún eres un fantasma.

Aquella noche, el hombre se acostó junto a su primera mujer, según su costumbre. Durante la noche se despertó y pudo comprobar que su mujer había desaparecido. Nunca más se le volvió a ver. A la noche siguiente, el hombre y el niño murieron mientras dormían: la mujer se los había llevado consigo. Los tres fueron a un lugar donde había vida.

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Creidné

Dios de la raza de los Tuatha de Danann, que contaban con dos dioses herreros, llegando en ocasiones a ser asimilados con el Vulcano Romano. Creidné era el artesano del bronce, encargado de fabricar las empuñaduras y el relieve central de las espadas, y los remaches que fijaban las puntas de lanzas y el borde de los escudos, tareas que eran rematadas por el otro herrero: Goibniu.

Día de Muertos: antología del cuento mexicano

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  • Compilador: Jorge Volpi.
  • Autores:

Mario Bellatin

Rosa Beltrán

Alejandra Bernal

Adrián Curiel Rivera

Ana García Bergua

Guadalupe Nettel

Ignacio Padilla

Pedro Ángel Palou

Eduardo Antonio Parra

Guillermo Sheridan

Martín Solares

Pablo Soler Frost

Eloy Urroz

  • Género: relato.
  • Temas: drama, terror, fantástico.

Esta antología recopila relatos de autores mexicanos contemporáneos. A diferencia de lo que uno puede creer a primera vista, la mayoría no son relatos de terror; ni su tema central son las tradiciones y costumbres de la festividad de Día de Muertos. Son relatos cuyo punto en común es que su tiempo narrativo se desarrolla en torno al Día de Muertos.

En mi opinión contiene relatos buenos, y otros que no me satisficieron; en especial Urbarat 451 (Adrián Curiel Rivera), el cual es una breve versión de Fahrenheit 451, un pésimo homenaje —a mi parecer— para tan grande obra. Llegué a esta antología, gracias a que tengo la costumbre de leer obras acordes a las festividades de Halloween y Día de Muertos, todos los años.

Uno de los relatos que más disfruté fue el de Novia de Azúcar (Ana García Bergua), el cual, trata de una fantasma que es atrapada en un ropero y pasado el Día de Muertos se convierte en una calaverita de azúcar.

Gracias a esta obra uno descubre buenos talentos literarios, cada uno con su propio estilo. Eloy Urroz y Ana García Bergua, son mis dos favoritos; sus narraciones están llenas de detalles y surrealismo.

Frases:

  • Todo cuanto poseemos es un pedazo de terreno y la noche de un día durante el año: resplandeciente de risas y sabores, tragos y calidez, compañía, festejo, además de la tierra que se finge protectora para curarnos de la ausencia de recuerdos, de esta memoria ciega incapaz de decirnos algo de nosotros mismos, tierra de cementerio que nos dio cobijo, concediéndonos un sitio en su seno aunque no sepamos nuestros nombres ni cómo ni cuando ni por qué llegamos a ella, que a diferencia del mundo se muestra generosa y nos reconoce y acepta porque sabe que somos santos, unos santos inocentes que creyeron que su estancia en este camposanto sería momentánea, y sin embargo transcurren las semanas y los meses y los años y seguimos haciéndole compañía a las lombrices y las ratas en esta tierra que no se cansa de absorber cuerpos nuevos para cubrir sus huecos que son tantos…
  • …porque el temor a morir solo tortura a quienes tienen algo.
  • Hay paraísos para verlos sin tocar.
  • De eso se trata la muerte. No te mueres tú; se muere el resto.
  • Terribles son las palabras de los amantes a la hora de la separación, aunque se tiñan de falsa seguridad o de alegría.

El Duende, ladrón de ganado

En las noches del trópico, lavadas por la luna, pasa «El Duende» arreando los ganados de las haciendas ricas, infundiendo melancolía en el alma de los caminantes y los pobres.

Es de estatura mínima, apenas de medio metro; calza botas pequeñísimas, viste pantalón verde, saco y chaleco rojo; lleva una gorrita de color negro a la que adorna una vívida pluma que parece de Quetzal. El rostro del ladrón de ganado, semejaba el de un niño que se hubiera metido a gigante y su indumentaria movía a risa, pero teníamos que tomarlo muy en serio, porque no le gustan las bromas.

Los campesinos de mi tierra aseguran que su facha estrambótica lleva segunda intención, porque siendo quisquilloso, aquel que no lo conozca ni haya tenido noticias de él y se lo encuentra en un recodo del monte, no dejaría de reírse de sus barbas, porque «El Duende» las tiene respetables, y su cólera se traducirá en paliza formidable.

«El Duende» no busca caminos reales. Le gusta caminar por el filo de las cercanías y hay que oír sus gritos poderosos cuando en las noches pasa detrás de los ganados. Aunque las gentes sencillas se asustan al notar su presencia, no dejan de contentarse porque pronto tendrán leche para sus hijos, y han estado esperando largo tiempo su visita, ya que ella se traduce en un ternero, en un novillo gordo o en una vaquillosa. Allí donde veas un poco de ganado joven y lechero, debes de estar seguro de que fue un regalo de «El Duende», pero un regalo que se multiplicará, a pesar de que haya sequías, en el verano, de que sobrevengan enfermedades o de que lleguen los ladrones.

Pero no son todas esas las bondades del personaje maravilloso. No se conforma con regalar vacas paridas y toros bien criados. «El Duende » los cría con esmero y cariño porque es mayordomo que sabe su oficio. Si es cierto que roba a los ricos paseándose impunemente por las comarcas, sin que haya autoridad que lo pueda atrapar por abigeato, hay que convenir que es un dechado de virtudes que distribuye con equidad sus robos.

Hay que tener presente que no exige nada a cambio, que a nadie le pide el alma en el otro mundo, como acostumbra el Diablo.

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La creación de la Luna

Había antiguamente sobre la Tierra un hombre que estaba casado. Tenía una hermana de la cual estaba enamorado y de la que se hizo su amante, sin que ella supiese con quién tenía relaciones, pues no iba a verla sino por la noche. Curiosa por saber quién era su visitante nocturno, puso cerca de ella frutos de huitu, y cuando el hombre se presentó junto a ella se los aplastó en las manos con el pretexto de acariciarle, se los pasó por el rostro, reteniéndole junto a ella hasta la mañana siguiente, con el fin de que el jugo de la fruta se pudiese secar.

Antes de la aurora, el hombre, que no quería ser reconocido, se fue, pero al salir el Sol vio que su rostro estaba cubierto de manchas negras de huitu y, avergonzado, a fin de no ser descubierto, se dispuso a volar al cielo. Por eso, hizo con plumas dos abanicos y llamó al sara-pisku (pájaro del maíz) para que le ayudase a volar. Al mismo tiempo había llamado a su mujer, con el fin de partir con ella, pero esta no consiguió estar preparada a tiempo: tan pronto su anaku se desataba, tan pronto sus sacos de provisiones no estaban llenos, tan pronto ella se olvidaba de algún objeto en la casa. Entre tanto, el hombre veía cómo se iba elevando el Sol y cómo avanzaba el tiempo, y desesperado de no ver arreglada a su mujer, le dijo: —Yo me voy— y voló al cielo tocando la flauta. Voló y voló. cada vez más alto, hasta que se hizo muy pequeño y se quedó en lo alto: él es la Luna, y las manchas de huitu que aquel hombre tenía en el rostro son las que se observan en el disco de la Luna.

En cuanto a la hermana parece ser que los padres, habiendo sabido lo que ocurría, le dieron una seria corrección a base de golpes y se la llevaron.

Pero la mujer, viendo que su marido la había abandonado, se convirtió en pájaro nocturno, que no canta más que las noches de luna, y grita: «¡Kusa-kusa!» (¡Esposo, esposo!) en cuatro notas descendentes bastante tristes. Y dicen que es la mujer abandonada que llama a su marido.

Frase del día

El sexo es la raíz, el erotismo es el tallo, el amor es la flor. ¿Y el fruto? Los frutos del amor son intangibles. Este es uno de sus enigmas.

Octavio Paz

 

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