La esperanza es la misma vida defendiéndose.

Probablemente de todos nuestro sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

—Julio Cortázar.

Comienzo diciendo que yo no sé escribir. Me sobran las palabras y las ideas, pero me cuesta ordenarlas. Soy una sentimental —aunque no lo aparente —y siento empatía por diversas causas y situaciones. Digo todo esto, ya que esta semana sucedió un evento que me tocó el alma: el suicidio de una joven en un sitio turístico de mi país, El Salvador.  Los medios hacen su agosto con este tipo de noticia y ya que el amarillismo «vende», en muchos sitios dedicados a «informar», han mostrado imágenes del cuerpo de la joven; sin detenerse por un momento a pensar en el dolor de los familiares y amigos de la fallecida —y mucho menos sienten respeto por el cuerpo de la víctima; cuerpo que alguna vez fue infante, lloró, fue feliz, amó y sufrió—. Esto solo me hace pensar que somos miembros de sociedades cada vez menos empáticas y lo compruebo al leer y escuchar infinidad de comentarios negativos y tóxicos, cuando se presenta un caso de este tipo.

Dicen que «no hay muerto feo», pero parece ser que este dicho no aplica para las víctimas de suicidio; ya que la sociedad hipócrita tiende a juzgar a las personas que toman tal decisión. Siempre se juzga al suicida, se le critica — ¡cómo si no fuera suficiente la carga que el pobre llevaba para dejarse hundir!— por no apreciar el maravilloso don de la vida. Siempre hay alguien que sale con comentarios tan atinados tales como: «¡Tanta gente deseado vivir y estos que no valoran su vida!» o «¡Estaba loco!» . Nos sentimos superiores porque nosotros sí valoramos la vida, porque nosotros no somos cobardes —«Ay es que eso solo lo hacen los cobardes —dice la gente—»—, porque nosotros, afortunadamente, solo nos enfermamos a nivel físico y en nuestra ignorancia infinita no hay cabida para pensar en la salud mental.

Carecemos de la curiosidad necesaria para ver más allá de nuestro caparazón. Asumimos que las enfermedades solo son físicas; creemos que la salud mental es un invento creado por algún ocioso para favorecer a las compañías farmacéuticas. Aceptamos —y normalizamos—que en algún momento de nuestra vida podemos llegar a desarrollar diabetes o hipertensión (y si somos muy desgraciados, quizás cáncer u otra enfermedad crónica y ahí sí seremos dignos de recibir compasión) y veremos normal tomar nuestros medicamentos para evitar que la justa muerte nos haga una visita prematura. ¿Ah, pero qué tal si nos diagnostican con depresión, bipolaridad u otro padecimiento mental? ¡Dios nos libre! ¡Qué vergüenza sería aceptarlo! ¿Y qué va a decir la gente —mínimo me verán raro—? Automáticamente nos van a tachar de «locos» o «criminales en potencia», ya que con eso de que los medios se encargan de vincular a los sociópatas con los pacientes mentales, ¡pobres de nosotros!, pero gracias a Dios no formamos parte de ese sector de la población.

¿A qué viene todo esto? A que la salud mental es igual de importante que la física. Es tan importante que la salud mental reciba la atención necesaria, ya  que el suicidio es una de las tres principales causas de muerte entre los individuos de 15 y 34 años y la enfermedad mental es el primer factor de riesgo suicida (OMS 2002). ¡Nadie se suicida porque sí! ¡Nadie se levanta un día y de la nada decide ponerle fin a su vida! ¡Siempre hay un motivo! La persona que toma esa decisión es porque ya no soporta la carga que lleva. Porque se siente infinitamente sola —a pesar de estar rodeada de gente que le aprecia—, infinitamente impotente e infinitamente incomprendida. La indiferencia y la ignorancia matan. De todos depende la eliminación de los estigmas y tabúes que rodean a la salud mental y a las enfermedades y trastornos mentales. Aceptar que nuestra salud mental está afectada es difícil. El proceso de reconocer que necesitamos ayuda porque solos no podemos salir adelante, es largo y lleno de miedos. Se llega un punto en que ya no somos lo suficiente fuerte para soportar nuestra carga y la vergüenza y el temor a ser juzgados, impide que busquemos ayuda. La ayuda siempre se necesita y los estigmas son las cadenas que atan a las personas para que busquen ayuda.

Me conmueve inmensamente imaginar, todo lo que sufrió y no pudo exteriorizar esta jovencita. Ella podía aparentar ser fuerte y feliz, pero eso no equivalía a que lo fuera. Fue una víctima de la indiferencia, la ignorancia y la estigmatización. La sociedad se encarga de «enclosetar» todo lo que le parece molesto. Y en ese «todo», se incluyen a los padecimientos mentales. Nos molesta todo lo que no podemos comprender. Las enfermedades ya sean físicas o mentales no son motivos de vergüenza, no son producto de un castigo divino o por no saber controlar las emociones. El cáncer no te da porque reprimes determinados sentimientos y la depresión no es un mero caprichito. Hay que tratar a las enfermedades y a quienes los padecen con respeto y seriedad. En la ruleta rusa de la salud no sabemos qué nos puede tocar.

Tratemos de ser empáticos con los que sufren, ya que anualmente 800,000 personas se quitan la vida. El suicidio es un grave problema de salud pública, pero es el único que se puede prevenir. Eliminemos estigmas, cultivemos la compasión y la empatía y no juzguemos a quienes deciden poner fin a su vida. Le deseo resignación y que encuentren la paz que necesitan, a la familia y amigos de la víctima;  ya que ella se encuentra libre de todo lo que la aquejó en esta vida.


Desde la publicación de la Ortografía de la lengua española 2010, el adverbio solo y los pronombres demostrativos ya no se acentúan.

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