Duendecitos

Según la historia, los duendes fueron angelitos que vivían felices en el cielo haciendo travesuras, hasta que un día la Virgen de Chiquinquirá salió a darles la bendición a los habitantes de la finca de la laguna, que se encuentra a una altura de 3,500 a 4,000 metros sobre el nivel del mar. Ellos le pedían, con mucha fe, que le salvaran la cosecha de papas conocidas como la Argentina y la Salentuna. Entonces, la Virgen les tendió su bendito manto para que lograran sacar su producto de buena calidad.

Mientras la Virgen estaba de visita por el Parque de los Nevados, los angelitos juguetones se turnaban para sentarse en el trono de nuestro Padre Dios; cuando la Virgen regresó, los encontró con una risa maliciosa y contagiosa. Les preguntaba:

—¿De qué ríen?

Y respondieron en coro:

—De nada

Y continuaron con su risa encantadora. La Virgen le dijo a Dios y como a él no le podemos ocultar nada los castigó quitándoles sus lindas alas y los mandó para la tierra, donde cayeron quedando desorientados pero muy felices en este mundo. Es por eso que existe una variedad de duendes buenos y malos que se dedican a hacer travesuras a los hombres y las mujeres.

A los duendes les fascina el verde del bosque, por esta razón se visten de ese color. Tanto duendes como hombres  como duendes mujeres tienen la facultad de ocultarse o transformarse en plantas o piedras para no ser vistos.

A veces los duendes juegan a volverse invisibles. Viven en cuevas cercanas a donde hay agua, entre barrancas y despeñaderos. Son los señores del monte y los dueños de los árboles, las plantas y los tesoros escondidos.

Por los caminos de herradura del páramo que comunicaban con el Tolima y el río Magdalena había rutas que servían para unir Neira, Salamina y Sonsón, por el norte; Cartago y el Cauca por el sur. Hacia el oriente había dos caminos por el páramo del Ruiz, que los comunicaban con la ciudad de Honda y con el río Magdalena.

En el año de 1850 se favoreció el intercambio comercial entre las provincias; los arrieros  hacían lo posible para llegar a pernoctar en la Cueva de Guali, Cueva de Toro y Cueva de Nieto. También se utilizaban como otros sitios para pernoctar Murillo y Líbano. Este camino tenía el problema del intenso frío que se debía soportar en el páramo del Ruiz. No había posadas y el único albergue lo ofrecían las cuevas.

Por el cansancio de los arrieros, el duende no les hace daño: los consiente y les hace soñar siempre con una buena mesa con comida sabrosa y calientita, brindando un sitio en la cueva donde puedan acostarse a descansar y dormir. Ni siquiera se aparece, no los asusta ni les hace travesuras. A quienes se manejan mal los deja a la merced del destino, quien es el que decide si vuelve a cargar la bestia o los deja durmiendo para siempre, como han sido encontrado muchos, sentados bien desabrigados y riéndose, muertos por el frío en la Cueva de Nieto.

Los duendes son excelentes cuidadores de la madre naturaleza y cuidan a todos los animales que corren sobre la tierra, los que vuelan por los aires y los que nadan en los arroyos. Por eso, estos duendes roban sus perros a los cazadores y los vuelven mansos dándoles de comer, para que no persigan a los conejos del páramo, ni maten a los animales como armadillos, o a los venados, que son los animales preferidos de los duendes. Tampoco permiten que dañen a las plantas.

A los duendes les gusta enamorar a las muchachas bonitas, de ojos grandes, que son traviesas y desobedientes. Especialmente llegan por las noches a visitarlas y a cantarles canciones de amor. Cuando las encuentran dormidas, las peinan, las perfuman y les ponen flores alrededor de la cama; les hacen maldades y les echan cenizas y tierra en el plato que están comiendo, y les levantan las enaguas cuando salen los domingos. Pero la mejor diversión es perturbar la tranquilidad de las jovencitas brinconas. En el sueño les hacen maldades tirándoles terrones de cal, les manchan los vestidos, las persiguen y si están enamorados, pueden llegar al acoso obsceno y el ultraje.

Son grandes cabalgadores de pájaros. Los duendes se divierten contando las estrellas sobre las palmas de cera, que es el árbol nacional de Colombia, jugando al trampolín.

También los duendes, en algunas noches se apaciguan con la flauta, los triples y las guitarras, las hermosas canciones que entonan con melodías tan dulces que se escuchan en lejanías.

Mena Vásconez, P, H. Arreaza, T Calle, L.D. Llambí, G. López, M.s. Rug- giero y A. Vásquez (Eds.). 2009. Entre Nieblas. Mitos, Leyendas e Historias del Páramo. Proyecto Páramo Andino y Editorial Abya – Yala. Quito.

 

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