El Duende, ladrón de ganado

En las noches del trópico, lavadas por la luna, pasa «El Duende» arreando los ganados de las haciendas ricas, infundiendo melancolía en el alma de los caminantes y los pobres.

Es de estatura mínima, apenas de medio metro; calza botas pequeñísimas, viste pantalón verde, saco y chaleco rojo; lleva una gorrita de color negro a la que adorna una vívida pluma que parece de Quetzal. El rostro del ladrón de ganado, semejaba el de un niño que se hubiera metido a gigante y su indumentaria movía a risa, pero teníamos que tomarlo muy en serio, porque no le gustan las bromas.

Los campesinos de mi tierra aseguran que su facha estrambótica lleva segunda intención, porque siendo quisquilloso, aquel que no lo conozca ni haya tenido noticias de él y se lo encuentra en un recodo del monte, no dejaría de reírse de sus barbas, porque «El Duende» las tiene respetables, y su cólera se traducirá en paliza formidable.

«El Duende» no busca caminos reales. Le gusta caminar por el filo de las cercanías y hay que oír sus gritos poderosos cuando en las noches pasa detrás de los ganados. Aunque las gentes sencillas se asustan al notar su presencia, no dejan de contentarse porque pronto tendrán leche para sus hijos, y han estado esperando largo tiempo su visita, ya que ella se traduce en un ternero, en un novillo gordo o en una vaquillosa. Allí donde veas un poco de ganado joven y lechero, debes de estar seguro de que fue un regalo de «El Duende», pero un regalo que se multiplicará, a pesar de que haya sequías, en el verano, de que sobrevengan enfermedades o de que lleguen los ladrones.

Pero no son todas esas las bondades del personaje maravilloso. No se conforma con regalar vacas paridas y toros bien criados. «El Duende » los cría con esmero y cariño porque es mayordomo que sabe su oficio. Si es cierto que roba a los ricos paseándose impunemente por las comarcas, sin que haya autoridad que lo pueda atrapar por abigeato, hay que convenir que es un dechado de virtudes que distribuye con equidad sus robos.

Hay que tener presente que no exige nada a cambio, que a nadie le pide el alma en el otro mundo, como acostumbra el Diablo.

Fuente:

Montenegro Jorge. Cuentos y Leyendas de Honduras. Tegucigalpa, Litografía López, 2006.

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