El Trauco

Así como los faunos son encarnaciones del adormecedor ensueño del mediodía greco, el Trauco encarna las eternas y, húmedas selvas pluviales  del austro chileno. Su cuerpo se asemeja al tronco de un árbol, y el pahueldún, un grueso bastón retorcido que suele usar en sus andanzas, se confunde con él mismo, pues tiene su figura. Si uno logra apoderarse de ese báculo  y lo sacude en el suelo, puede tener la seguridad de que el Trauco siente los golpes. Y si se le lleva a casa y cuelga sobre el fogón, comenzará a destilar aceite, con lo que se puede sanar a los que han experimentado los maleficios del Trauco.

Este, sin embargo, está, además, cubierto totalmente de fibras de quilineja, lleva un sombrero cónico semejante a un cucurucho y tejido de la misma quilineja, y sus pies forman muñones informes que carecen de talones y dedos.

Es capaz de matar con su mirada a una persona, siempre que la vea antes de ser observado, pero más frecuente es que ella quede deforme, con el cuello torcido, o sentenciada a morir dentro de un año. Si alguien ve primero al Trauco, este morirá.

Es de instintos lascivos y procura siempre apoderarse de alguna mujer para abusar de ella. A menudo molesta de tal manera a los habitantes de una casa que los lleva a la desesperación. No es fácil de reconocer, pues es de pequeña estatura, una especie de enano, pero con el cuerpo similar al de un adulto.

Si se le increpa pronunciando los nombres de fiura (figura), hueye (invertido), pompón de monte y otros, se retira y no hace daño. Al llamarlo con su nombre propio, en cambio, acude de inmediato. Antes de ser visitadas por él, las mujeres suelen verlo en sueños, en que aparece como un joven de buena presencia e incluso como un religioso. Especialmente peligroso es en las selvas, donde desflora a las mujeres que penetren en ellas.

Existe también una Trauca, pero de ella se habla poco.

En los bosques se reconoce la presencia de su marido por hachazos que se escuchan y que no provienen de un mortal, sino de él. A veces se siente también un ruido ensordecedor, semejante al de una tropa de animales bravos que avanzan atropelladamente. Se suelen encontrar también sus materias fecales en los troncos de los árboles y los umbrales de las viviendas.

Se le atribuyen las jorobas, parálisis faciales, tullimientos y dislocaciones de los huesos, el tortícolis, un repentino decaimiento o dejadez con que se amanece el cuerpo, el hecho de malograrse el carbón en la hornada, como también el chisporroteo incesante de este al ser encendido, como consecuencia de que él lo pisó.

Defensas o amuletos contra los males que ocasiona, son, por ejemplo: un escapulario con carbones a ambos lados, dos pares de ojos y dos barbas de chivo; tirar cochayuyo o derramar cenizas en las cuatro esquinas de la casa; hachear sus esquinas; hacer la cruz con dos cuchillos; hacer silbar un huiro(alga marina); dar a conocer los sueños habidos con el Trauco; pasar por el humo a una víctima de él; desmenuzar y frotar ajos entre las manos; y arrojarle un puñado de arena, pues se pone a contar sus granos, lo que permite escapar.

Es peligroso insultarlo, pues suele vengarse, golpeando al ofensor.

Fuente:

Keller Rueff Carlos. Mitos y Leyendas de Chile. Santiago de Chile, Editorial Jerónimo de Vivar, 1972.

 

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