La hija del optimista

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  • Autor: Eudora Welty.
  • Género: novela.
  • Temas: drama.

Laurel Mckelva Hand, una viuda de más de cuarenta años; vuelve a tener contacto con su padre el juez Mckelva, después de que dicho se casara con Fay Chisom. Ella es una mujer egoísta de la misma edad de Laurel, que únicamente busca ser el centro de atención en todo momento.

El juez Mckelva ha sufrido un desprendimiento de retina, y por indicaciones del doctor Courtland, tiene que mantenerse inmóvil en su cama del hospital hasta que desaparezca el riesgo de perder el ojo. Durante todo ese tiempo, tanto Laurel como Fay alternan para cuidarlo; aunque Fay dedica su tiempo a reprochar a situación del juez, tanto a su hijastra como al doctor Courtland. Laurel por su parte le lee a su padre sus obras favoritas, para hacerle ameno su estancia en el hospital.

Un día, Fay propicia la muerte del juez. Ella lo agrede, porque considera que debido a la enfermedad, el juez la ha hecho a un lado; los reproches de Fay logran que él sufra un infarto. La muerte del juez, hace que Laurel regrese a su antiguo hogar. Al llegar se encuentra con todas las que fueron sus damas de honor, cuando ella se casó; también la acompañan diversos funcionarios que conocieron a su padre

En el funeral, Laurel descubre las diversas maneras en que recuerdan a su padre. Algunos aderezan el recuerdo con situaciones que nunca sucedieron y otros son más realistas. También, se da cuenta de la verdadera personalidad de Fay: egoísta y ambiciosa. Con su dramatismo pretende conmover o los invitados, para luego tomar posesión de la herencia.

Durante su breve estancia en su antiguo hogar, Laurel enfrenta a los fantasmas de su pasado; logra superar temores de su infancia y juventud, y gracias a los recuerdos se reconcilia con la vida.

Citas:

  • La memoria es algo vivo —también la memoria es tránsito—. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se una y vive, lo viejo y lo nuevo, lo pasado y el presente, los vivos y los muertos.
  • Yo no cuento con nadie más que conmigo, luego conmigo y después conmigo.
  • La gente vive a su modo, y en cierta medida yo casi creo que también cada uno puede elegir cómo morir.
  • ¿Hay alguien que, al ver dormida a otra persona, pueda estar absolutamente seguro de que ha sido justo con ella?
  • El misterio, pensó Laurel, no radica en lo poco que conocemos a quienes nos rodean , sino quizás en lo mucho que los conocemos realmente.
  • Los recuerdos vuelven como la primavera.
  • En algunas parejas cada palabra que se pronuncia es maravillosa o puede llegar a serlo.
  • Solo se tiene lo que se es capaz de soportar.
  • Aunque uno guarde silencio por los muertos, no puede abandonarse al silencio, como ellos se abandonan.
  • «Qué cargas imponemos a los moribundos», pensó Laurel ahora, mientras escuchaba cómo se derramaba la lluvia sobre el tejado: «Intentamos hallar alguna cosita que nos pueda consolar cuando ellos ya no están… Algo que resulta tan difícil de conservar como de hallar: la durabilidad de los recuerdos, la prevención contra el daño que nos puedan hacer, la autosuficiencia, los buenos deseos, la confianza en los demás».
  • La rivalidad no existe entre los vivos y los muertos, o entre la esposa antigua y la nueva; la rivalidad se crea entre el amor y la ausencia de amor. No hay rivalidad más amarga.
  • …el amor se había encerrado en su perfección y allí se había quedado.
  • Pues su vida, cualquier vida—Laurel no tenía más remedio que creerlo así—, no era nada sino la pervivencia del amor.
  • «Pero es razonable que tengamos que cargar con la culpa de sobrevivir a aquellos que amamos», pensó. Lo mínimo que podemos hacer por ellos es sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas.
  • …hay odios que son como los amores, que se unen a nosotros y continúan con nosotros durante toda la vida.
  • Es el recuerdo lo que actúa como un sonámbulo. Regresará con sus heridas abiertas desde cualquier rincón del mundo.
  • El recuerdo no será nunca insensible. Al recuerdo sí se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, también vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y darle el trato que merece.
  • Los recuerdos no viven en un objeto concreto, sino en las manos libres, perdonadas y liberadas, y en el corazón que puede vaciarse y llenarse de nuevo; en los motivos renovados por los sueños.

 

 

 

 

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