Parcas/Moiras

Diosas misteriosas del destino que rigen el hado de los dioses y de los hombres. La palabra moira (en griego, “parte”) significa ya en los poemas homéricos la parte de vida asignada al hombre y, por lo tanto, su destino, fijado, según los griegos y muchos otros pueblos antiguos, desde su nacimiento. Al principio, se trataba sólo de un concepto abstracto que llevaba implícitos el de la vida y la muerte. Dicho concepto lo expresaba Homero con el vocablo moira, que se personificó más tarde en una divinidad, sobre cuyo poder los griegos no tuvieron nunca una idea clara. En efecto, unas veces creían que dicha divinidad dependía de Zeus y de los otros dioses mayores, y otras la imaginaban  como una fuerza tenebrosa e incomprensible, a la que el propio Zeus, lo mismo que todos los hombres y dioses, estaba sometido.

En los poemas homéricos la idea de moira se  va transformando gradualmente, pasando de una pura abstracción a una auténtica personificación como figura mitológica. Como idea abstracta es una sola, pero como figura mitológica es multiforme y de número indeterminado: se trata de las Moiras. Es posible también descubrir en los propios poemas cómo los griegos concebían originariamente la función de las Moiras, hilanderas del hilo que regula la vida de cada mortal. Homero las llama hilanderas y en otro lugar alude a los dioses que hilan, o sea, fijan y determinan el destino de los hombres, concretamente en el poema de Ulises. En la Teogonía de Hesíodo, las Moiras se llaman hijas de la noche para indicar su carácter misterioso; según otra tradición, nacieron de Zeus y Temis.

Son tres, número sagrado. Sus nombres son Cloto (la hilandera), imagen del desarrollo de la vida en sus diversas fases, desde el nacimiento hasta la muerte; Láquesis (la casualidad), la que da a cada uno lo que le toca en suerte, y Átropos (la inmutable), la inflexibilidad de las circunstancias y, por lo tanto, la inevitabilidad de la muerte en el momento fijado, así como del nacimiento.

Las Moiras, a causa de estas funcionas, estaban relacionadas también con Ilitía y con las Erinias, las diosas implacables de la venganza. Eran hermanas de estas últimas, por ser hijas de la Noche, y de las Queres, diosas de la muerte violenta. Luego se las relacionó con Zeus y más tarde con Apolo. Con Zeus, como dios supremo de la naturaleza y la vida, fueron consideradas simples ejecutoras de su voluntad, siendo evidente, en este caso, su carácter de diosas subordinadas; con Apolo, como dios de la muerte. Ambos dioses recibieron, en efecto, el apelativo de jefes de las Moiras.

El culto a estas no estuvo muy extendido, a pesar de la creencia de los griegos en su poder, probablemente porque su personalidad de diosas no estaba bien definida. Tenían pequeños templos en Corinto, Esparta, Tebas y Olimpia, y casi siempre sin imágenes, debido a que su fisonomía era bastante misteriosa e indeterminada. El papel que corresponde a cada uno en la vida estaba personificado por una divinidad semejante a las Moiras: Aisa. También Aisa estaba concebida como la hilandera de la madeja de la vida humana al nacer, pero fue siempre una personificación abstracta.

También para los romanos no fue sino una simple abstracción, más bien un puro término poético y filosófico, el fatum (vocablo que deriva del verbo fari, “hablar”). es decir, la palabra de los dioses, de Júpiter, la voluntad del destino irrevocable y, en algunos casos, la muerte. El nombre y el concepto de las Hadas de las creencias populares deriva del plural fatum, es decir, fata, que indicaba entre otras cosas la suerte particular del hombre. La palabra fata fue luego sinónimo de Parcas, divinidades del destino, al igual que las Moiras. Al parecer, al principio hubo una sola Parca, de la misma manera que había una sola Moira. Cuandos los romanos conocieron la mitología griega, triplicaron su número, identificando a las Parcas con las tres Moiras y atribuyéndoles sus mismos oficios. Dicho concepto se limitaba, sin embargo, al terreno literario, porque en la tradición popular las Parcas no eran divinidades del destino sino del nacimiento (la palabra parca  deriva, en efecto, de parto).

Los poetas imaginaron a las Parcas como ancianas de aspecto desagradable. Por el contrario, en las artes figurativas aparecen como jóvenes con aspecto severo y completamente vestidas. A Cloto se la solía representar con una rueca y enrollando el hilo de la vida; a Láquesis hilando y sosteniendo en la mano un huso; y a Átropos con unas tijeras y cortando el hilo de la vida, o con otros atributos que simbolizaban la inevitabilidad de la muerte.

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