El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor.

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  • Autor: Hiromi Kawakami
  • Género: novela
  • Tema: drama romántico

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Tsukiko Omachi, es una mujer independiente de 38 años; lleva una vida solitaria y no ha tenido mucha suerte a la hora de entablar relaciones amorosas. Un día, en la taberna que ella frecuenta coincide con un maestro de su época de escuela. Él se llama Harutsuna Matsumoto, y fue su profesor de japonés; empezaron a tratarse debido a que tenían gustos similares. Omachi era casi 30 años menor que Matsumoto, pero ella se sentía más a gusto con él que con sus contemporáneos.

 

La especie de “amistad”, entre ambos se fue fortaleciendo con el pasar de los días. Acostumbraban, a ir a la casa del maestro luego de beber en la taberna; Omachi había escuchado que Matsumoto tenía 15 años de viudo y fue descubriendo que tenía ciertos hábitos peculiares como la acumulación.

 

Omachi consideraba que el maestro era su única compañía; no dependía de él, pero cuando estaban juntos ella se sentía plena y completa. Por su parte, el maestro trataba a Omachi como a una niña, como cuando era su alumna. Un día, el maestro invitó a Omachi a un día de campo celebrado en su antigua escuela; en ese evento, Omachi coincidió con un antiguo compañero: Takashi Kojima. Él estuvo enamorado de Omachi, e intenta iniciar una relación con ella pero esto no rinde frutos.

 

Omachi se da cuenta de que está enamorada del maestro y una noche estando ebria le confiesa su amor; pero él no lo toma en serio.

 

Luego de algunos meses, el maestro le confiesa a Omachi que el sentimiento es mutuo y que deberían de iniciar una relación basada en el amor mutuo. El principal miedo que le impedía al maestro iniciar una relación con Omachi era la diferencia de edad y el temor a que ella sufriera cuando él falleciera. Otro de los temores del maestro, era no rendir sexualmente, fallarle a Omachi y a sí mismo. A pesar de estos temores, inician una relación que dura hasta la muerte del maestro. Omachi se queda con el maletín del maestro, un maletín vacío, como el vacío que dejó él en la vida de ella.

Citas:

  • No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa.
  • Con la disposición adecuada, las personas podemos aprender muchas cosas en cualquier lugar.
  • Estaba convencida de que el amor y yo no estábamos hechos el uno para el otro. Si tan caprichoso era el amor, no quería tener nada que ver con él.
  • Cuando he llorado siempre tengo frío.
  • Pero aunque no coincidiéramos, el maestro nunca estaba lejos de mí. Él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar.
  • …aún el encuentro más casual es karma.
  • Usted y yo estábamos unidos en nuestras vidas anteriores.
  • No hay mayor placer que ver a alguien disfrutando de la comida.
  • Cuando fui consciente de la distancia que había entre los dos , sentí un dolor profundo. No nos separaba la edad, ni tampoco el espacio, pero entre el maestro y yo había una distancia insalvable.
  • Un adulto debe evitar palabras que puedan desconcertar a los demás, y nunca debe decir nada de lo que pueda avergonzarse a la mañana siguiente.
  • Los temores nocturnos son como bolas de nieve, que acaban formando un alud si no se detienen a tiempo.
  • Cuando tienes un gran amor, debes cuidarlo como si fuera una planta. Debes abonarlo y protegerlo de la nieve. Es muy importante tratarlo con esmero. Si el amor es pequeño, deja que se marchite hasta que muera.
  • Era como si hubiera un muro invisible entre los dos. A primera vista parecía blando y maleable, pero por mucho que lo presionara no me devolvía nada. Era un muro de aire.
  • Las tinieblas nos envolvían por completo y nosotros seguíamos hablando sin decir nada. Las palomas y los cuervos ya se habían refugiado en sus nidos. El maestro me rodeaba con su cálido brazo, y yo no sabía si reír o llorar. Al final, no hice ni una cosa ni la otra. Me tranquilicé y me acurruqué en sus brazos, en silencio. Oía los latidos de su corazón a través de la chaqueta. Nos quedamos sentados en la oscuridad
  • Hasta entonces casi no había llorado. Lloré por aquel nombre, Harutsuna Matsumoto, me resultaba muy poco familiar. Lloré porque el maestro se había ido antes de que me acostumbrara a él.
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